Los miembros de la Compañía de Jesús fueron expulsados de los Reinos de España, en decreto despachado por Carlos III el 27 de febrero de 1767. La orden preparada y organizada secretamente para evitar reacciones y actuaciones inconvenientes, se ejecutó sigilosa y eficazmente la noche del 31 de marzo en Madrid y al amanecer del día 2 de abril en el resto de España, incluyendo los Reinos de Ultramar. La habían precedido las expulsiones de Portugal (1759) y Francia (1762).
Los motivos históricos de la expulsión hasta el día de hoy no son claros. Algunos se inclinan por la acusación que se hizo a los jesuítas de participar en los motines populares por la subida del precio del trigo en la Semana Santa de 1766, debido a una crisis de subsistencias padecida en toda España, y especialmente en Madrid. Pero pensamos que en el substrato podían existir otros motivos como en Portugal y Francia, de intereses entre comunidades religiosas (tomistas) y políticos (ilustración).
Los jesuítas eran conscientes del acoso que venían sufriendo pero no tuvieron noticia alguna, de las medidas que Carlos III se disponía a tomar haste el momento mismo de su aplicación a la vez. Presentándose a través de notarios acompañados de autoridades militares, el decreto real por el que se incautaban sus bienes y se procedía al control y traslado de los jesuítas a las distintas "cajas" o puertos de embarque donde se encontraban dispuestos los barcos que habían de transportarlos a distintos puntos antes de que hubieran transcurrido 24 horas desde el momento de la presentación del decreto, las diferentes comitivas partieron con un total de más de 5.000 jesuítas expulsos.
Los jesuítas de la provincia de Castilla fueron a Santiago de Compostela, los de Aragón y Cataluña, fueron conducidos por la tropa a Tarragona, donde se concentraron para embarcar en el puerto de Salou; los de Toledo fueron llevados a Cartagena; y, por último los de Andalucía fueron dirigidos hasta el Puerto de Santa María. La tropa los acompañó durante el trayecto.
Al no ser suficientes los barcos españoles, para trasladar a los expulsos, el gobierno se vió obligado a contratar naves extrangeras. Todos los barcos habían sido acondicionados para el viaje, habilitándose en ellos lugares para dormir y hornillos para prepaar comidas.
El grupo de jesuítas de la Provincia de Aragón y Cataluña, concentrados en Tarragona era de los más numerosos. Custodiados por la tropa fueron conducidos al puerto de Salou donde esperaban los barcos. Partieron incluso jesuítas muy ancianos, de salud muy quebrada. Una vez embarcados todos desplegaron velas hacia la isla de Córcega, su primer destino, donde fueron hacinados ante unas condiciones que se asemejaban a las de un campo de concentración.
Los jesuítas españoles sobre todo los más cultos, al dejar de existir la Compañía se trasladaron a Roma y en la Ciudad Eterna encontraron trabajo como empleados de los obispos o como preceptores de los hijos de los miembros de la nobleza. La aportación a la cultura italiana fue muy importante. Los italianos se beneficiaron de sus altos conocimietos.
ERNEST VALLHONRAT I LLURBA
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(Publicado en "El Faro de Salou", 10/04/2003). |