Sobre la conquista de Mallorca
Desde la época de la restauración de Tarragona y hasta el inicio de la Edad Moderna (XII-XV), el puerto tarraconense no tuvo ninguna mejora de importancia a pesar de la falta de protección ante las avenidas torrenciales de los temporales del sur. La carga y descarga de las mercancías se hacía mediante gróndoles, antiguas barcas para el transporte de cabotaje y para el servicio de una nave anclada frente la costa. Por ello se utilizaba el puerto de Tamarit, situado a apenas cinco leguas al norte de Tarragona y también como puerto de refugio las calas rocosas del cabo de Salou, que eran feudo exclusivo del arzobispo, y en cuya zona la población era escasa y estaba diseminada.
Sobre los señores feudales del castillo de Tamarit, Salvador-J. Rovira i Gómez, en Tamarit (1999), escrito en catalán que traducimos, dice: "El 26 de enero de 1229, en presencia de Jaime I, Guillem de Cardona y Guillem de Claramunt firmaron una concordia por la cual el primero renuncia a favor del segundo el "castrum meum de Cubells et castrum meum de Tamarito et castrum meum de Monteolivo et castrum meum de Coctano et totam quadra de Vespela"
Guillem de Claramunt, uno de "los nobles y grandes hombres de Cataluña", según el Llibre dels Feyts del rei Jaume (Libro de los Hechos), aparece habitualmente en actos sociales y políticos a principios del reinado de Jaime I. Así figura, por ejemplo en el ágape que Pere Martell ofreció al joven rey Conquistador en Tarragona, durante el cual se decidió hacer Cortes generales de Barcelona en 1228, para organizar la conquista de Mallorca, en donde Guillem de Claramunt moriría en 1230, a consecuencia de la peste.
En aquellas Cortes de Barcelona, Guillem de Claramunt fue uno de los nobles que aportaron mas recursos y hombres armados para emprender la conquista de Mallorca. El arzobispo de Tarragona, Espárreg de la Barca, que era tío del rey, fue el que habló primero cuyas palabras enardecieron las Cortes y el que más recursos económicos y humanos aportaba, lo que animó la participación y colaboración de todos. "Tan pronto todos respondieron a una sola voz, con gran alegría, que por Santa María de Agosto, se reunirían en Tarragona".
La conquista de Mallorca
Dice Bernat Desclot en su crónica que, "cuando todos los barones del condado de Barcelona habían dado su respuesta, el rey Jaime de Aragón ordenó hacer galeras y leños y otros barcos para pasar a Mallorca" (...) "Los leños vararon y cargaron por toda la ribera de todo lo que era menester, y fueron a Tarragona, donde está Salou, y aquí todas las naves se ajuntaron.
"En cuanto llegó el día de Santa María de Agosto, el rey con todos sus caballeros de Aragón y todos los barones de Cataluña fueron juntos a Tarragona y Salou, con todos los aparejos: jarcias, armas y velas; y las naves, y las taridas, y los leños y las galeras fueron estibadas y cargadas de bescuit (pan que se hacía tostar otra vez para que se endureciera y se conservara mejor), y de harina, y de cebada, y de carne, y de quesos, y de vino y de agua; y los establos fueran aparejados", narra la crónica de Bernat Desclot.
Ramón Muntaner, el gran cronista catalán del siglo XIII, describe así aquel acontecimiento: "Llegó finalmente el día señalado para la partida: el miércoles primero de setiembre. Las playas eran un hormiguero de hombres. En el mar, cerca de éstas, se balanceaban centenares de embarcaciones de toda medida, al soplo de un fresco aire de poniente, que deshacía las olas en pequeños y graciosos rizos de blanca espuma. El cielo era alegre; la tierra, luminosa. Todas las naves, grandes y pequeñas, levaron anclas, y con todo el aparejo de velas desplegadas fueron navegando en el orden previamente dispuesto. Y cuando los de Tarragona y Cambrils vieron que las naves fondeadas en Salou, izaban velas y navegaban mar adentro, siguieron su ejemplo. Todos los ciudadanos de Tarragona habían acudido a disfrutar del grandioso espectáculo y formaron una masa imponente que coronaba la altura del precipicio rocoso que se alza encima del mar. Y todos bendecían a Dios, que les había permitido contemplar aquel grandioso espectáculo único, que no se había visto nunca ni se vería jamás. Era, en efecto, de una belleza y grandiosidad extraordirias ver como en aquellos momentos toda la mar era blanca de velas; tantas eran las que, en una anchura de algunas leguas, cubrían el azul espejo de las aguas".
ERNEST VALLHONRAT I LLURBA
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