El Casino era la segunda casa de Carmen Die. Tenía su vivienda en Torreforta, donde vivía cerca de una de sus tres hijas. Pero su otra casa era este solemne y modesto a la vez, edificio de la Rambla Nova, donde tantas veces pasó tardes inolvidables.
Allí iba a aprender, con esta curiosidad suya por el conocimiento, que resistía el paso de los años y la aparición de la vejez. Con frecuencia me decía: el sábado Estil.les nos hablará del Siglo de Oro, o Vallhonrat nos hablará de Colón...
También ella hablaba, para contar su último viaje a Valencia, o sus vacaciones en Renau. Más aún: para leer a los tertulianos, ante una taza de café, el último artículo que había preparado paa el Diari de Tarragona.
Iba a enriquecer su espíritu con nuevos conocimientos, igual que acudía con avidez a las conferencias del Tercer Milelino o de Acción Familiar. Y como no habá persona más agradecida que ella, todas las entidades recibían su gratitud una y otra vez. Pero los conocimientos que encontraba no eran más que la tapa del tesoro que en estas entiddes se le había revelado. Dentro estaba la pieza más preciada, la joya de la corona: la amistad.
¡Se sentía tan amiga de sus amigos!
En el Diari de Tarragona comenzó colaborando, a petición mía, desde que nos envió una carta sobrecogedora sobre la muerte de su hijo. Pasar de la amistad a la colaboración era un paso natural en ella.
Y el Casino era el remanso de paz en el que desembocó el río revuelto de su vida agitada por las circunstancias: Allí se amansaban las aguas torrenciales de sus preocupaciones y sedimentaban los barros de penas anteriores, quedando el agua clara de la amistad profunda que conservó siempre en su corazón.
A. COLL GILABERT
(Publicado en el Boletín del Casino. Núm. 47. Julio-Septiembre, 2005.) |